La tablilla

días

Ocho años · una raya por cada uno


El profesor y el capitán


Eduardo Dorantes

Para Ernesto,
que ya estaba.

Antes de que empiece nada

Lo primero

Te escribí un libro.

Ciento cuarenta y tres mil cuatrocientas treinta y seis palabras. Cincuenta y un capítulos en seis partes. Quinientas diecinueve páginas cuando se imprime.

Cuenta cincuenta años en la vida de dos hombres: un profesor de la colonia Del Valle que una noche de noviembre pide en voz alta estar en su casa, y un capitán que lleva once años en guerra y treinta y cinco hombres enterrados.

El capitán se llama Ernesto.

Se llamó así desde la primera página que escribí, y de ahí salió todo lo demás.

Capítulo 8 · el día trescientos sesenta y cinco

En el reino de Arvela hay una palabra que pierde la mitad al traducirse.

hen
la casa. El edificio: las paredes, el techo, la puerta.
hentar
los de la casa. Quién duerme bajo ese techo.

Es la misma palabra y se dice casi igual, y a nadie de Arvela le llama la atención, porque en esa lengua nunca hizo falta distinguirlas.

Eduardo lleva un año entero aprendiendo el idioma. Ha ensayado la frase desde el otoño, la ha armado y desarmado cuarenta veces en la cabeza, con los casos y las declinaciones y el verbo bien conjugado. Tiene una versión larga preciosa que dice todo lo que quiere decir.

Está nevando. Abre la boca y se le va entera.

Tú… familia.

Sonó espantoso. Sonó a niño de tres años. El caso estaba mal, faltaba el verbo, había dicho hentar en singular cuando tenía que ir en plural.

dijo. Familia.

Final de la Parte I


La única regla del libro

Se puede cambiar el mundo hasta donde uno lo entiende. Y ni un dedo más allá.

Eduardo puede hacer cualquier cosa que entienda de verdad, y nada más. Eso le salva un pueblo de tres mil personas y le seca el río de otros cuatro. Le cuesta, una vez, hasta el último pedazo de sí mismo.

Usa el poder quince veces en cincuenta años. Trece están anotadas en una columna. Las dos últimas van en una hoja suelta, doblada en cuatro, que su hijo no llega a leer nunca.

La última de todas la hace a los ochenta y un años, con lo poco que le queda, y tarda tres días en poder tenerse en pie otra vez. Construye una casa: la puerta al sur por la luz de la mañana, el pozo a diecisiete pasos de la cocina, un cuarto grande y dos chicos, y uno de los dos chicos sin ningún uso previsto.

Y deja dos hectáreas de piedra suelta sin limpiar, a propósito, porque el capitán no quería descansar. Quería trabajo a las cinco de la mañana.

El libro impreso

Portada de El profesor y el capitán: filas de rayas de conteo sobre papel hueso, algunas desvaídas.

La portada son rayas de conteo. Seiscientas ochenta y cinco, contadas una por una.

Son los días exactos que Eduardo vivió sin Ernesto. Una raya al día, en una tablilla de madera, con una regla, torcidas.

Ernesto había aprendido a contar los días a los diecisiete años, el primer mes de la guerra, porque se lo enseñaron así y nunca lo dejó.

Palabras
143 436
Capítulos
51 en 6 partes
Años que cubre
50
Páginas impresas
519
Tipografía
EB Garamond 11 pt
Primera edición
2026
ISBN
979-8-19203951-9

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El EPUB es el que se lee: se abre solo en Libros, en Kindle o en Kobo, y se acomoda al tamaño de letra que tú quieras. El PDF es el libro tal como va a salir impreso, con su tipografía y sus páginas contadas.


Capítulo 51 · lo último que se sabe de los dos

Hay un banco de roble con las patas de hierro, y mira al oeste.

Lo hizo Bruno el herrero en el año quince, en la fragua nueva, antes que las bisagras y antes que los clavos, porque el capitán llevaba veinticuatro años imaginándoselo.

Cuarenta y un pasos desde el portón hasta el banco. Los conté sin querer.

El capitán no se levantó en ninguno de los cuarenta y uno.

Se sentó a su lado. Hombro con hombro.

Llegas tarde.

Un poco.

Un año y diez meses.

Ya. Es que había que dejarlo todo cerrado.

Ya lo sé.

Y se quedaron ahí sentados, mirando al oeste, hasta que se hizo de noche.

Cuaderno decimonoveno · última página

Durante cincuenta años, todo el mundo en ese libro —incluido él— creyó que aquella noche de noviembre Eduardo había pedido que lo sacaran de donde estaba.

Lo que dijo, dos veces y en voz alta, fue quiero estar en mi casa. Y en la lengua a la que lo mandaron, casa quiere decir la gente.

No lo trajeron a un reino.
Lo trajeron a un hombre.

Son ciento cuarenta y tres mil palabras
y todas dicen lo mismo.

Ocho años.
Gracias por cada una de las rayas.

Feliz aniversario